¿Estás loca?

¿Estás loca?

Eso me preguntó un amigo cuando le conté que mis planes de recorrer el desierto de Baja California en bicicleta habían cambiado. Ahora lo haría sola.

Por varios meses estuve organizando hacer el viaje de mis sueños (en bicicleta) con varios amigos, después decidí solo hacerlo con uno de ellos, el que se veía “más comprometido” con el proyecto. Al final del día, montarte en tu bicicleta para cruzar el desierto no es algo que cualquier persona estaría dispuesta a hacer.

Así fue como durante todos estos meses estuve planeando el recorrido con un acompañante, que al final y a menos de un mes de empezar la travesía y a pesar de haberme dado su palabra de que no sería así, decidió no ir. Ya teníamos todo planeado, vuelos, hospedajes, bicicletas, equipo. Pero un viaje así no es algo que puedas hacer con alguien que de último momento está dudando.

Debo aceptar que pensé en no hacerlo y que pasé toda una mañana en silencio y a oscuras llorando. Dije que iba a hacer algo y no hacerlo, me pesaba muchísimo. Después de todo, soy de las que cree que lo más valioso que podemos tener las personas es tener palabra.

Entonces, recibí la llamada de mi hermano, mejor conocido como mi cómplice. Fue él quien desde un inicio creyó en mi y me animó a hacerlo, ya que a principios de este año, después de regresar de lo que fue mi primer viaje en bicicleta (recorrí con 4 amigos la Península de Yucatán durante 15 días), le contara que me encantaría hacer un viaje parecido al que hicieron mis papás de Luna de Miel cuando se casaron, pero en vez de recorrer La Baja en moto y con un perro, como ellos lo hicieron, yo quería hacerlo en bicicleta.

Los meses pasaron y no había un mes en el que mi hermano no me preguntará cómo iba con ese plan.

Así fue como un día le dije que lo haría y que ya estaba buscando amigos para hacerlo. Después me ayudó a escoger la bicicleta ideal, a investigar qué GPS llevar, qué rutas tomar, qué equipo escoger, y así fueron pasando los días y el proyecto fue tomando más forma. Él siempre me decía que no me confiara en nadie, que al final tenía que hacerlo yo sola por mí, pero me daba miedo pensar en algo así. Ser mujer hace que la cantidad de peligros a los que te expones, sean el doble.

Entonces el día que me llamó y le conté que no lo haría porque mi compañero ya no quería, fue precisamente él quien me hizo entrar en razón. ¿Por qué no lo haría?, ¿por ser mujer?, ¿por no saber tanto de mecánica?, ¿por no ser tan buena ciclista?, ¿por tener miedo?. Todas y cada una de las razones que le daba, las fue desechando, al final de cuentas, ya tenía todo listo. La única razón que no pudimos desechar es que soy mujer y que me expongo a muchas más cosas que si fuera un hombre. Pero ahí fue cuando me dije a mí misma que justo por eso quiero hacerlo. 

Aplaudo a las mujeres que están saliendo a las calles a gritar que necesitamos un cambio. A las que llenas de enojo fundado y motivado están intentando llamar la atención de todas las formas que se les ocurren. A las que hacen himnos de lucha. A las que levantan la mano. Les aplaudo y las animo a seguir haciéndolo. Y justo lo mismo que las mueve a ellas, es lo que me mueve a mí: ser mujer nunca debe ser motivo suficiente para no poder hacer algo.

Hoy hace 30 años, pasó algo llamado la Masacre de Montreal (si quieren leer más de eso, aquí les dejo un link:  https://www.proceso.com.mx/609726/a-30-anos-del-atentado-antifeminista-cometido-por-marc-lepine-en-canada). 

Ese suceso horrible habla de cómo siempre la lucha feminista ha tenido aliadas que han salido a las calles a pedir el voto para las mujeres, a luchar por nuestros derechos y por la igualdad de género, pero también ha habido otras igual de valiosas que decidieron inscribirse en las Universidades, aunque estaba mal visto, mujeres que decidieron estudiar una Ingeniería, aunque “eso no era para mujeres”. Hoy hace 30 años, murieron 14 mujeres que se unieron a la lucha feminista no dejando de hacer cosas solo por ser mujeres.

Así fue cómo me levanté y con miedo me dije: voy a recorrer La Baja en bicicleta, porque esa es la forma en la que yo quiero luchar. 

Porque la verdad es que tengo miedo, porque la verdad es que la gente me ha estado preguntando si estoy loca, porque mis papás, hermanas, amigos, me han dicho que mejor no lo haga, pero esa no es y no será nunca la respuesta. Ni por miedo, ni por ser mujer.

Espero poder seguir contando de esta aventura, que ahora también es una protesta. Espero regresar con bien a casa y entonces poderle decir a todas las mujeres que quieran andar en bicicleta por el mundo solas: hazlo, aunque te pregunten si estás loca. Hazlo porque si ser libre, porque si ser valiente, es estar loca, entonces ojalá cada día seamos más las locas. 

Ojalá que mis sobrinas o mis hijas (si algún día las tengo) nunca se cuestionen ni siquiera si hay algo que no puedan hacer por ser mujeres. Esta es mi aportación al movimiento feminista. 

¡Así que a darle!

Resistir.

Resistir está bien.

Estoy en Oaxaca. La última vez que estuve aquí estaba en uno de los peores episodios de mi vida. Traía roto el corazón y me lo habían estado rompiendo de poquito a poquito durante los últimos 6 meses. Si de por sí que te rompan el corazón es horrible, que te lo rompan poco a poco es peor.

Oaxaca es perfecto porque justo es imperfecto. Tiene todos los colores del universo, todos los aromas existentes, todas las brillanteces de la vida. Y aún así yo me sentía con ganas de estar en todos lados menos en uno de mis lugares favoritos del planeta.

La última vez que estuve aquí, apenas y podía ver. Vine de trabajo y aunque estaba la opción de quedarme por algunos días, preferí regresar cuanto antes al DF. La razón: estaba haciendo lo mejor que podía para demostrarle a mi ex que lo amaba muchísimo y que estaba ahí, con él.

Esa noche de regreso al DF, me terminé de romper por completo.

Fue el día más difícil de mi existencia, y ustedes pensarían ¿por qué, si es que me han pasado cosas mucho más intensas que una ruptura de corazón? Pues justo porque las demás cosas yo no decidí que me pasaran, pero sí decidí estar con mi ex, y si decidí darlo todo de mi para eso que yo pensé que era amor. Me importaba demasiado y ahí veo el error. Nada nunca tiene que ser demasiado, si es demasiado, hará daño. No importa qué sea.

Por eso ahora, meses después, desde Oaxaca otra vez, tomándome el tiempo para ser yo, para sentir, para respirar profundo, escribo esto. Escribo esto por sí a ti también te rompieron poco a poco y ahora sientes que nada tiene sentido. 

Si sientes cansancio de seguir, de ser y de estar. Si estás sintiendo la traición, si ya no quieres empezar de nuevo, si estás en el lado negro de la vida.

Justo ahí, es donde quiero que leas esto:

Está bien resistir, pero también está bien dejarte ir, soltarlo todo, abrazarte a ti y aceptar que estás en un mal momento pero que probablemente este mal momento pasará, porque si, es cierto, todo pasa. Sólo necesitas dar un paso más cada día, lo demás, el tiempo lo hará.

Sé que es difícil respirar cuando estás en lo más oscuro, y es difícil porque cuando estás en lo más oscuro es imposible ver el camino de salida, todo se ve tan grande, tan imposible, tan absurdo. Pero justo ahí está el truco, camina un día a la vez. Pasa la página de las cosas un día a la vez.

…y entonces tal vez, un día vuelvas a Oaxaca y no puedas más que agradecer todo, sintiéndote más fuerte que nunca, y con la certeza de que todo, pero todo, pasa, los días oscuros pero también los días de sol. Por eso, cuando estés en el lado soleado, abre los ojos bien y disfruta, porque ese es el truco master final de la vida. Porque entender esas dualidades, te hará invencible y realmente feliz. Sabrás subsistir entre la tristeza y la alegría, y entender que justo entre esos dos paréntesis se encuentra toda la jiribilla de la vida, y que ya sea del lado nublado o del lado vibrante, vivir es lo mas chingon que a todos nos ha pasado.

Flan

Dile a cada uno de mis pensamientos que no vas a regresar.

Avísales que todo lo que dijiste no sería.

Que tú y yo no seríamos.

Díselo a mi insomnio, a mis caídas sin fondo.

Diles que no importa que hayas dicho que estarías.

No estarás y dolerá.

Y tendré que sobrevivir.

Y vivir.

Y volver a reír.

Llamarte quisiera

Para decirte que el mundo se está acabando. Que los pulmones se están quemando

Pero no es necesario, las noticias ya te lo deben estar diciendo. Está por todos lados.

Llamarte quisiera para decirte que la tragedia se puede ver desde el espacio exterior, y que parece que no hay mucho que podamos hacer.

Pero llamarte quisiera para pensar que si hay mucho que podemos hacer, mucha conciencia que podemos tomar, muchas verdades que podemos concientizar.

Llamarte quisiera para decirte que tenemos que cambiar el rumbo drástico de las cosas.

Llamarte quisiera, para escuchar tu voz, y que en ella, pudiera escuchar una vía de dos, un lenguaje de conversar, un punto de encuentro.

Pero llamarte no hago, porque no siento que pueda encontrar lo que busco: Una conciencia elevada, un darse cuenta, un no ignorar, un saber que ya hay demasiado malestar en esta tierra como para que tú y yo sigamos ignorando lo que hay de benéfico en nosotros y sigamos cosechando lo destructivo de la chispa, lo peligroso de la violencia pasiva, lo nuclear de lo externo.

Llamarte quisiera mi amor, mientras veo las noticias, mientras busco formas de no ser parte de esto. Mientras en mi camino quiero que encontremos otro camino.

Decretos para el corazón.

Se ha dicho muchas veces (mucho tiempo) que el show tiene que seguir.

Es duro, es fuerte, hay que ponerle coraje. 

Pero es necesario volver a reír.

Habrá veces que necesites volver a llorar, y está bien.

Pero vas a tener que reponerte y seguir.

La depresión te dirá las peores cosas al oído, tendrás miedo, tendrás tristeza, tendrás el ánimo por lo suelos. 

Pero no te puedes detener. Tienes que seguir. 

Un paso que después son cien a la vez.

Pasarán muchos amaneceres, muchos atardeceres, muchas luciérnagas, muchas estrellas fugaces, y aún así, a veces seguirás sentándote a llorar.

Pero tendrás que seguir, tendrás que volver a tejer todo lo que se rompió en ti. Tendrás que volver a aprender a hacer desayuno con café y música de fondo, y reír.

Pero también habrá muchos otros momentos en los que todo será paz, en los que tus ojos se perderán en el mar y el mar te curará.

Porque exactamente ese el decreto:

curarás.