Intrucciones de vuelo para una vida de placeres.

La experiencia comienza desde saber escoger a la correcta, en mi opinión las que tienen cascara delgada y brillante son las mejores. Eso si, no debe estar golpeada ni con toques verduzcos o amarillentos, debe ser la adecuada y para ello debemos echar mano de nuestro buen ojo cubero.

El siguiente paso es lavarla y secarla con mucho cariño, casi a besos, pues en esta vida las cosas que se hacen sin cariño poco valen la pena, así como también las cosas que se hacen sin música (desde mi más humilde punto de vista), por lo que inmediatamente después debemos escoger el soundtrack correcto, el que armonice con el momento que estamos a punto de saborearnos, porque de eso se trata la vida, de instantes plenamente disfrutables que dejamos atrás tan pronto como nos vamos haciendo consientes de ellos.

Lo que sigue es relajarse e ir quitando poco a poco la cascara, contemplando los gajos naranjas con toques blancuzcos que se irán apareciendo en nuestro camino, si escogimos bien y la suerte nos regaló simpatía, tendremos unos bellos, rebosantes y sobre todo jugosos gajos en nuestras manos.

No debemos desechar la cascara inmediatamente, como tampoco debemos desechar nuestro pasado más cercano, hay que saborearlo lo suficiente, pero sin perdernos de nuestro presente en el cual estamos a punto de comer algo delicioso. Así que dejamos por unos momentos los trozos de cascara, para dedicarnos en cuerpo y alma a lo que nos acontece el día de hoy.

Es así como, con nuestros gajos desnudos, hemos llegado al momento en el que cada quién debe dejarse llevar por lo que quiere, por lo que siente, comerse los gajos uno por uno, de dos en dos, o sin orden y a mordidas como si fuera una manzana, el chiste es disfrutarlo como mejor nos den a entender nuestros sentidos, como estamos hablando de placer, literalmente cada quien debe hacer lo que le plazca, así de sencillo y automático.

Al final, todos llegaremos al mismo punto, en el que lo único que nos quedará será una montañita de cascaras y recuerdos, que seguramente estarán impregnando el ambiente con el mejor aroma. Podemos agarrar un trocito y doblarlo, para sentir las suaves gotitas que desprende, esas que dejarán nuestras manos con el mejor olor, esas que nos recuerdan que acabamos de comernos algo delicioso. Pero tampoco hay que ocupar demasiado tiempo en ello, el pasado y sus recuerdos son demasiado pesados como para seguir nuestro vuelo en el que nos podremos encontrar con nuevas y deliciosas experiencias, por lo que tan pronto lleguemos a ese estado de total satisfacción que deja el placer ya vivido, debemos deshacernos de todo, de las cascaras y de los recuerdos, no debemos esperar a que las cosas se pudran en nuestras manos.

Por lo pronto es todo y espero que las instrucciones antes recibidas les sirvan la próxima vez que tengan una mandarina o una vida entre sus manos.

Dios

Cuando era niña me dijeron que Dios estaba en todos lados y que incluso él podía saber todo lo que yo estaba pensando, por lo que tenia que portarme bien y tener buenos pensamientos porque si no me iba al infierno. Pero eso no es todo, también me dejaron muy en claro que el infierno era un lugar muy feo en el que nadie quería estar.

No es que me asustaran, pero cada que creía estar teniendo un pensamiento malo, sentía que el diablo me iba salir de cualquier parte: de abajo de la cama, del baño, del closet, etcetera.

Estoy segura que los adultos que me hablaron de la teoría de los malos pensamientos y del Dios que todo lo sabe, tenían las mejores intenciones  conmigo y con cada uno de los niños a los que les compartían su interesante visión de la vida, y estoy segura de que querían salvarme de lo que para ellos eran “malos pasos”. Lástima que no lo lograran, porque con los años empecé a tener malos pensamientos y descubrí que son los mejores.

La cosa es que hace poco me regresó el miedo a esa imagen omnipresente, a esa entidad que está en todos lados y que puede saber lo que estás pensando, y no se llama precisamente Dios, porque en ése yo ya dejé de creer hace tiempo, estoy hablando de esa red que se ha ido metiendo poco a poco en nuestras vidas y sin darnos cuenta ya sabe todo y está en todos lados.

Le llamamos Internet y sabe todo de ti y de mi, tiene nuestras fotos, sabe cuando es nuestro cumpleaños y el de nuestros amigos e incluso sabe en qué lugar del mundo estás parado en este segundo o si ya pagaste tu recibo de luz.

La verdadera paradoja está en que muchos de nosotros nos quejamos del culto que algunos le profesan a la iglesia y muchos nos burlamos de la fe que le tienen a esa institución que por mucho es la mentira más grande jamás dicha, pero pocos hablan del culto que le rendimos todos los días a esta red.

Ya sé que cuando lean estas letras dirán que ustedes no son de esos, nadie quiere catalogarse como fiel seguidor de este nuevo Dios, pero es cuestión de que se detengan un momento y piensen en la actividad diaria que tienen los fanáticos de la iglesia para demostrar su fe. Es fácil, la realidad es que los seguidores de la iglesia van a misa con el mismo rigor con el que nosotros revisamos nuestro correo, nuestro Facebook, nuestro Twitter, nuestro Whatsapp, y todas esas cosas que viven en Internet, es decir, es algo que hacemos TODOS LOS DÍAS.

Así que ya saben, cuidado con lo que piensan, porque Internet lo sabe todo y si tienen malos pensamientos, los va a mandar al infierno. (Aunque probablemente el infierno sea un lugar muy divertido).

Pd. A todos los que después de leer esto sigan creyendo que ustedes no son fieles seguidores, les quiero pedir que dejen de blasfemar.

Estamos ciegos

Esta historia empieza, como muchas otras: el día en el que él me besó por primera vez. Yo no sabia, como quizás ustedes tampoco sabían, que un beso puede provocar tantas cosas, y digo que probablemente ustedes tampoco sabían, porque este es el tipo de historia de la que la mayoría de nosotros somos protagonistas, por lo menos una vez en la vida, así que ya la conocen.

Esta historia es sobre lo que pasa desde el primer beso y de lo que sucede hasta que los besos se acaban. Pero no estoy hablando de cualquier tipo de beso, tampoco estoy hablando del primer beso de nuestra existencia, ni del último, estoy hablando del beso que marca un comienzo, la iniciación de eso que a veces parece querer explotar en nuestro estomago y otras muchas veces no se aguanta y sale a carcajadas o a lágrimas, también estoy hablando del último beso, ese que tiene aires premonitorios de finales que son inevitables.

Les juro que no quiero ser cursi, pero las circunstancias me lo impiden. Es culpa del beso, de la emoción, de la luna entre las manos de dos que juegan a esconderse, es el amor y todas sus maldiciones.

Digo maldiciones sin miedo a que me juzguen porque estoy segura de que el amor es una maldición, ya sea que acabe en vida o en muerte, pero siempre acaba y justo por eso es una maldición, porque todo amoroso siente la utopica promesa del para siempre, pero desde tiempos de Adán y Eva, ninguno a sobrevivido para contarlo, todos morimos en la finita quietud del final. No hay juramento de amor inmortal.

Por eso esta historia acaba como todas las historias que hablan de besos y amor, y por eso no es preciso contarles el final, lo saben de por medio, lo han vivido o están por vivirlo. Pero si he de hablar de mi final, del que me llevó a escribir esta historia, debo decir como quién dice la verdad, que mi final fue tan finito como todos y tan doloroso como quedarse ciego de una parte del corazón.