Una estrella enana que nada tiene que ver con nosotros.

Hay cosas que es mejor dejarlas rotas. La gente triste también se ríe a carcajadas, si no me crees, veme a mi desde que te fuiste. Desde que me convertí en los pasos que prefieres evitar.

Antes no era así, pero el antes está tan roto que justo es una de esas cosas que conviene dejarlas rotas, es más, conviene ni mirarlas, ni pensarlas, ignorarlas lo más posible.

Pero tampoco es como que esta situación importe mucho, hoy en la mañana leí en las noticias que encontraron la estrella enana más pequeña hasta el momento, así que imaginé que hay cosas más grandes ocurriendo en este universo, que aunque son las más pequeñas, siguen siendo más grandes que cualquier cosa que tú y yo hayamos podido sentir y crear, cosas que nada tienen que ver contigo o conmigo, lo que finalmente comprueba que aunque en su momento sentíamos que la fuerza más espectacular del universo estaba pasando entre nosotros, en realidad no era nada, no éramos más que dos humanos viéndose a los ojos, intentando reconocerse, intentando combatir todas las leyes de la física y de la vida, conjurando sus soledades y deseando que dejaran de serlo. Pero la realidad es que nacemos solos con nuestras almas, y solos con nuestras almas debemos morir. Así que no se diga más, el final ya no es novedad. Mi mamá diría, aquí se rompió una taza y todos a su casa.

Olores

Cuando muera quiero oler a tierra fresca, por eso no me incineren, no me cremen, no quemen lo físico que hay en mi. Pasó la vida enjabonándome y perfumándome, pero todos los días sé, que el mejor olor que podré alcanzar, será al morir. Sé que no será un proceso fácil, pues para morirse primero debe vivirse. Vivir de día, de noche, de lluvia, de risas y de soledad. Llenar el espacio que hay en nuestro pulmones, una y otra vez, hasta que no haya otra vez.

 

También sé que morirse no es un proceso fácil, primero se debe dejar de pensar, de sentir y de respirar, para finalmente empezar a descomponerse, formar parte de los gusanos y de la tierra, hasta que un día después de muchos días de putrefacción, la lluvia nocturna haga amanecer con olor a tierra mojada, y entonces ahí estaré, en la soledad de la tumba, en el silencio de la muerte, en lo que hay cuando ya no hay nada.

Pasado

Vi el reloj, eran las 2:30pm, tenía que regresar al trabajo pronto, pero antes tenía que hablar contigo. Caminaba por la Colonia García, donde hacia poco te habías mudado. Ahora vivíamos más cerca, pero yo te sentía cada vez más lejos. Me prometí que sería la última vez que iría a tu casa de esa forma, me prometí que controlaría lo que sentía por ti.

La Colonia García, es vieja, ruidosa, sucia. La gente dice que es la nueva colonia de moda, que todos los artistas se estaban mudando por ahí. Las colonias Arenal y Potreros ya eran muy caras para los artistas, decían. No sé, a mi me gustaba vivir en la Potreros, me gustaba caminar por sus calles y pensar en mi mamá, que en su juventud vivió ahí. También pensaba en mi abuela, la imaginaba en el mercado, en la sastrería, en la vida.

Vi la hora, eran las 2:35, debía apurarme, tenía tanto que decirte. ¿Qué diría? Pensaba en todas la posibilidades que tenía para ir acomodando mis palabras, quería ser precisa. Quería ser clara, que me entendieras, que supieras lo que sentía por ti. Imaginaba mis sentimientos como semillas que se clavaban en tu corazón, y de ellas germinaban jacarandas, flamboyanes, bosques de luciérnagas.

Caminaba entre mecánicos y choferes. De día esa parte de la Colonia García era un corredor de venta de autopartes, talleres, mecánicos, vulcanizadoras, etc. Pero por las noches no era lo mismo. Pocos meses antes habían inaugurado este lugar con nombre ridículo al que todos los modernos iban. Yo no iba a esos lugares, ni me dejaban pasar, ni me interesaba que lo hicieran. Sólo iba contigo, pensaba que estar contigo siempre era divertido, aunque fuera en un lugar lleno de morras en drogas y hombres a los que ni en drogas les podría hacer la conversación. Pero por ti me esforzaba, me ponía tacones, me paraba derechita, y actuaba como si todo estuviera bajo control. Nada en mi vida estaba bajo control desde que tú habías llegado.

Por fin estaba frente a tu edificio. Sucio, viejo, con moscas. El señor de los mariscos me vio, bajó la mirada. Ese señor vende mariscos en esa esquina, en ese puesto, desde 1985. Nos contó la historia a los dos cuando me llevaste, estabas emocionado por enseñarme algo nuevo, el secreto estaba en las salsas. Nos dimos un agasajo, porque así éramos, nos gustaba agasajarnos juntos, y eso nos mantenía unidos. En el temblor del 85, el señor de los mariscos iba caminando por la mañana rumbo a su puesto, vio los edificios caerse. También a mi me vio caerme, cada que iba a buscarte, a rogarte que no te fueras, que no te enojaras, a arrepentirme de todo lo malo que sentía que había hecho. Me molestaba la mirada del señor de los mariscos sobre mi, sentía que él sabía algo que yo no, sentía que cubría su mirada hacia mi con lastima. No importa, estaba ahí y sentía que tenía que hablar contigo, decirte todo.

Miré mis zapatos negros de charol y toqué el timbre. Esperé, volví a tocar. Esperé, te llamé por teléfono. Te asomaste por la ventana del tu sexto piso de azotea. Tu barba estaba despeinada, tu cabello también. Me gritaste ¿qué quieres?, y te contesté que hablar contigo. Volviste a gritar, ¿qué tienes que decirme?, y me quedé callada. No tenía nada que decirte, ya lo había dicho todo, ya lo había gritado todo, ya lo había demostrado todo. Otra vez, se me salieron las lagrimas. Te molestaba que estuviera ahí y entre gritos me aventaste las llaves.

Abrí la puerta, y me dispuse a subir piso por piso, hasta tu departamento. Ese edificio es viejo, de pisos marmoleados negros. Afuera, además de grafitis que se escurren, hay una placa que dice el nombre del ingeniero que lo construyó, por ahí del año de 1930. Ese edificio ha visto mucho, tiene su propio olor. Las escaleras siempre están sucias, los ventanales rotos. Me imaginaba cuantas personas habían pasado por esos departamentos, ¿alguien habría muerto?, ¿Quiénes se habrían enamorado y desenamorado en ese lugar?, ¿Qué niños habían crecido entre esas paredes?, ¿Cómo habría sido el pasado? Cuando todo era reciente, brillante, cuando había novedad en su estructura, cuando olía a nuevo. ¿Cómo olía lo nuevo antes?, ¿Cómo se sentía?. ¿Cómo era el pasado? ¿Cómo era no tener miedo de ir a tu casa?, ¿Cómo era ir a tu casa y ser recibida con una sonrisa?. No recuerdo.

 

 

 

Las escuelas lo hacen mal

Las escuelas lo hacen mal. Se empeñan en enseñarnos cosas que no sirven. Me acuerdo mucho de como mi maestra de quinto de primaria amenazó con reprobarme de año, porque de pronto descubrió que yo no tomaba apuntes, y que mientras todos escribían lo que ella dictaba, yo escribía algunas otras cosas (cuentos, historias y cosas que de verdad me gustaba escribir).

 Pobre de mi mamá, nos pasamos todas las vacaciones pasando a mis cuadernos todos los apuntes de todo el año escolar. Lo peor fue que en algún punto pretendimos hacer trampa y mi mamá pasó algunos de los apuntes con sus propias manos, evidentemente la maestra notó la trampa, ya que la letra de mi mamá y la mía no era la misma. Me dijo que me iba a reprobar de año, y no tienen idea de lo angustiante que puede ser para un niño de esa edad que un adulto diga algo así. Ni siquiera se trataba de que obtuviera conocimientos y lo pudiera demostrar en un examen, se trataba de tener unas malditas libretas llenas de lo que ella había dictado en clase. No se trataba de estimular algo que desde siempre he amado hacer, escribir. Se trataba de alinearme al sistema, de empaquetarme al igual que todos los niños.

Me pregunto si en vez de eso ella se hubiera dado cuenta de que realmente amaba escribir y entonces hubiera incentivado mi gusto por la literatura.

Me parece que si bien nos va, pasamos los primeros 18 años de nuestras vidas aprendiendo cómo debemos de ser, aprendiendo lo que la sociedad quiere que seamos, sometiéndonos a estándares de lo correcto y lo incorrecto, ignorando nuestras almas, nuestros gustos, nuestras inquietudes, nuestro fuego interior. Aprendiendo a ser como quieren que seamos y desaprendiendo a ser como somos.

¿Cuál es el resultado? Adultos confundidos.  En el mejor de los casos, personas que en algún punto nos hemos dado cuenta de la situación, y hemos decidido tirar todas las inseguridades que el sistema plantó en nuestras tiernas mentes infantiles, para atrevernos a ser nosotros. ¿Cuál es la gravedad del asunto?, en el mejor de los panoramas darnos cuenta de que hemos perdido mucho tiempo valioso, tiempo que pudimos haber invertido en refinar nuestras mejores aptitudes y controlar a nuestro favor nuestras pasiones. En el peor de los panoramas, gente que muere sin haberse dado cuenta de que en todo ese proceso educativo le enseñaron a suprimir lo más valioso que una persona tiene: su fuego interior.

Qué feliz sería la vida si en la escuela nos enseñaran a explotar lo mejor de nosotros, en vez de cuadrarnos y ser lo que la sociedad espera que seamos.

Bajo esa ocurrencia ya no pudimos amarnos.

Nos dieron ojos para ver, y con ellos vimos y nos vimos. El cielo, el mar, el bosque, el fuego y la vida.

Nos dieron manos para tocar, y con ellas tocamos y nos tocamos. Lo frío, lo caliente, lo húmedo y lo constante.

Nos dieron piernas para caminar, y con ellas recorrimos y nos recorrimos. La ciudad, la playa, la carretera y las circunstancias.

Nos dieron oídos para escuchar, y con ellos escuchamos y nos escuchamos. La música, las palabras, la mar y las risas.

Nos dieron juventud, y nos dieron tiempo, nos dieron ganas y nos dieron coincidencias. Lo único que no nos dieron fue eternidad y bajo esa ocurrencia, ya no pudimos ni vernos, ni tocarnos, ni caminar, ni escucharnos. Ni amarnos.