Hay muchos #LordAudi allá afuera.

Me he vuelto intolerante al tráfico y vivo en una de las ciudades más congestionadas del mundo. Todo empezó hace unos años que vivía en los suburbios y todos los días gastaba más de dos horas de mi día en ir y venir del trabajo. Dos horas en el tráfico. Dos horas de morir lento.

Así que me mudé a la ciudad.

Después, empecé a ir y venir en bici. En un principio eran sólo trayectos cortos. Hasta que poco a poco me empezó a dar demasiada ansiedad estar sentada en un auto durante más de 20 minutos. No es lo mismo llegar a un lugar en bici que en auto. Incluso, cuando trabajaba en Polanco y salía a la hora pico, sentía mucha pena por los que estaban en sus autos atorados en el infierno que significa salir de Polanco en hora pico, mientras yo me deslizaba veloz en mi bici.

En un principio usaba ecobici hasta que un día no fue suficiente y me compré una bici. Tengo muchos anécdotas que contar de mis recorridos en bici por la ciudad. Estoy segura de que cada uno de nosotros, los que nos movemos en bici, estamos llenos de ellos.

Por eso, estoy preocupada. Sé y entiendo que hay muchos ciclistas que hacen cosas que exasperan a los automovilistas. Incluso aunque intento que no sea así, tal vez sin darme cuenta, alguna vez he sido participe de una acción de esas de las que tanto se quejan los conductores.

Pero también es cierto que hay automovilistas que nos odian sólo por el simple hecho de que vayamos en bici. Automovilistas que nos echan el auto, sólo por que si. Sólo porque les cagamos. Automovilistas que manejan altos estándares de intolerancia.

Mis días en bici por la ciudad están llenos de automovilistas que se te pegan demasiado para asustarte, sólo por que si, o que te pitan sin razón alguna, o que hacen cosas para asustarte. Hay automovilistas que pasan a toda velocidad mentándote la madre a claxonazos, aunque la calle esté vacía y haya espacio más que suficiente para que los dos circulen sin ni siquiera estar cerca uno de otro. ¿Qué carajos pasa por la cabeza de estas personas?. No lo sé en su totalidad, pero huele a odio.

Por eso estoy preocupada. Porque el video en el que hace dos días se hicieron públicas las acciones de #LordAudi, en el que agredió a un ciclista, no sólo ha generado reacciones favorables para los ciclistas. Leyendo los comentarios me di cuenta de que hay un porcentaje importante de personas que se quejaron de la existencia de ciclistas en la ciudad. Es decir, allá a fuera hay más de un #LordAudi que piden que agarremos la onda, güey, estamos en México. ¡Qué miedo!, ¡Qué preocupación!, ¿Qué tan acomplejado está un porcentaje importante de la población mexicana para tener un pensamiento así de mediocre?.

Me dan miedo esos que manejan Audis, mientras viven en casa rentada que se está cayendo a pedazos, pero llegar en un Audi los hace sentirse importantes, gente que vive con esa sensación de que todos son unos pendejos y ellos merezcen trato especial. Me dan miedo esas personas tan inseguras de si mismas que son incapaces de dejar pasar a alguien, porque en eso radica la importancia que se dan a si mismos, en demostrar que son más chingones que todos los demás y no se dan cuenta de que al contrario, entre más respetas a los demás, más chingón eres. Personas que son incapaces de sentir empatía, que todavía no se han dado cuenta de que todos somos parte de un todo, en el que nuestras acciones hacia los demás pueden ser la diferencia entre la armonía y el ambiente de violencia en el que vivimos.

Me da miedo que haya gente tan ciega que no ha podido darse cuenta de que cada bicicleta en la ciudad es un auto menos, es una contaminación menos, es un gasto menos en enfermedades causadas por obesidad, es un estrés menos. Gente que cree que la bicicleta es un deporte recreativo y no un medio de transporte que beneficia a todos. Me da miedo que haya tanta gente allá afuera que se haya comprado el rollo de que “todos somos especiales” de forma que manejan unos egos explosivos. No somos especiales, no merecemos pasar unos antes que otros sólo por el simple hecho de ser nosotros, ni aunque tengamos el dinero del mundo, ni aunque no lo tengamos, ninguno de nosotros es tan especial que no importa si se pasa las reglas. Ni por tener un millón de followers en las redes sociales, ni por tener un Audi, ni mil. Ni por ser hijo de quien sea. La vida no es un antro en el que el ganador es el que no tiene que esperar para que le abran la cadena. No.

Hay un orden de quién tiene la preferencia que es muy fácil de seguir: primero el peatón, después la bicicleta, al último el automóvil. Así que aunque tengas un Audi, no vas a tener la preferencia a menos de que vayas a pie o en bicicleta, y si, habrá muchos carriles en la ciudad que estarán reservados para los ciclistas, y tendrás que respetarlo: fue tu decisión estar atorado en tu auto en el tráfico, no mía. No hay razón para que nos odies.

Claro que tampoco los peatones o los ciclistas somos reyes que podemos hacer lo que se nos venga en gana. Repito, nadie es especial. Peatón: no tienes porqué esperar la combi a la mitad de la calle, párate en la banqueta. Ciclista: no hay razón para la cuál debas ir en la banqueta.

Ciclista: usa casco, no uses audífonos, hazte notar, usa los carriles diseñados para ti, intenta ser prudente en todo momento, dale la preferencia al peatón.

Mexicanos: agarremos la onda, dejemos en la época de la conquista español el resentimiento social y las inseguridades que nos hacen querer engrandecernos ante los demás en todo momento, eso ya pasó, no hay nada que tengamos que demostrarnos los unos a los otros. Ni el dinero, ni el poder, ni la fuerza, nos harán ser más chingones que otras personas. La buena educación, respeto, civilidad, empatía, tolerancia, quizás si. Eso quizás si nos haga ser un mejor México, uno que sea un ejemplo a seguir para la crisis mundial que está viviendo la humanidad.

 

 

 

 

 

Cuando amanece en la lluvia.

En medio de la lluvia decidí amanecer. Cerré los ojos y sentí la lluvia deslizarse sobre mi rostro, mis pecas, mi nariz, mis hombros, mi alma.

Últimamente nada ha hecho sentido en mi vida.

Huele a tierra mojada.

¿A dónde vamos todos?, ¿A dónde van los que parece que si saben a dónde van?.

Respiro profundo y empiezo a florecer. Corre el agua por todos lados, arrastrándolo todo, hasta al tiempo mismo. Hay partes de mi que es necesario cortar para que vuelvan a florecer.

En mi, se empieza a encender lo más puro, lo más fuerte, lo que más soy y lo que nadie me podrá quitar nunca. Ese fuego que me caracteriza, esa calidez, ese brillo que deslumbra.

Interrogo a mi conciencia, me interrogo a mi misma, no me engaño. Cuando tengo miedo tengo pánico, cuando lo supero soy mejor. Estoy fuerte, estoy bien, estoy buscando mi propio camino, superando al cansancio, encarando a mis miedos. El miedo es una emoción que es preciso saber vencer.

Sigue lloviendo y sigue oliendo a tierra mojada. En la vida hay ciertas decisiones, ciertos momentos en los que todo se detiene, hasta las ganas. Y es entonces, cuando es necesario contraerse, buscarse en medio de las ruinas, en medio de lo caído, en medio de lo que lastimó, y encararse a si mismo.

¿Te vas a quedar ahí, sin hacer nada?

Me vi las cicatrices en las rodillas, en los codos, hasta en la cara. Me vi el alma llena de heridas, de composturas, de remiendos. Supe que en la vida el fracasado tiene mucho más que contar que el que por riesgos bajos atinó a logros bajos.

Algunas de mis lagrimas se mezclaron con la lluvia. En la vida hay que agarrarse de dónde se pueda. Incluso al silencio de la única respiración en medio de la noche. Incluso a las sombras, incluso al continúo gotear. Es mejor poder llorar que no sentir nada.

Ese drama que acompaña a todo ser vivo.

Sigo viviendo para aprender. Sigo viviendo para conocer como soy yo y de paso como son las personas con las que mi vida se cruce. Estoy aquí para entender lo que no fue porque no valía la pena que fuera.

En lo profundo de la lluvia, la verdad se hace evidente. A veces es necesario hallarse en lo más húmedo de la existencia y aceptar que tal vez me voy a encontrar con los ciegos del alma, con los no entienden nada, con los que no saben ver lo que hay detrás de las cosas, incluso atrás de sus propias palabras, de sus propias acciones. Pero no importa, porque yo estoy aquí para llorar, para reír, para brincar y volar, para brincar y caerme, para sentir miedo sin ser miedo, para bailar en medio de la lluvia o en medio de mi soledad, para detenerme y para echar a andar, según el clima. Estoy aquí para todo, menos para quedarme pasmada.

 

 

 

Islas

 

Seamos sinceros hasta los huesos.

 

De los sentimientos, el más sincero es el que se despertó por ti. El que te miró de madrugada y deseó que nunca te fueras. El que se durmió tomando tu mano. El que se arrulló imaginando el mundo un mar y la cama el barco por el que los dos navegábamos mientras soñábamos. Contigo las risas que se metían por el ojillo de la puerta.

 

No quisiera estar escribiendo esto. Pero así debe de ser.

 

Me he roto por dentro tantas veces.

 

Tantos han pasado por aquí, llevándose lo mejor y dejándolo todo vacío.

 

He perdido la cuenta.

 

Y es que en estos días ya nada importa, ya nada pesa, ya nada trasciende.

 

Me da miedo que ya nadie sepa querer, me da miedo que ya nadie quiera procurar, arriesgar, luchar, construir. Sentir.

 

Me han roto por dentro tantas veces.

 

Me he perdido en los ojos en los que creí ver cosas que en realidad no vi, en los abrazos en los que creí echar raíces que en realidad no estaba echando, en el cariño que en realidad no estabas sintiendo.

 

Pero es así y no hay mucho que yo pueda hacer. Quizás esperar, quizás desear con los ojos cerrados, pero sobre todo quizás resignarme.