La hermosa friendzone.

¡Qué injusta la visión que se tiene de la amistad! Es injusta porque se le desprecia, porque se le da un trato bipolar en el que es valiosa, pero a la vez es tema de burla.

Porque existen palabras compuestas como la “Friendzone”, porque es una burla que te digan que ya te “friendzonearon”.

¡Qué básicos! ¡Qué injustos! Hay espacios más amplios, en los que la amistad entre una mujer y un hombre puede tener mucho más sentido que una relación amorosa. El acompañamiento que nace de dos personas por el simple hecho de conversar, de encontrar el sentido en el simple hecho de vivir. De tener la condición inicial que hace a dos personas se procuren, se platiquen, se frecuenten. Porque eso es lo realmente valioso de la vida.

La capacidad de apreciar la fortuna que es tener a las personas en tu vida, sufre una tremenda devaluación cada que la clasificamos como “friendzone”. Traicionamos con la exigencia. “Si no eres lo que yo quiero que seas, no te quiero en mi vida”. Despreciamos lo más, por lo menos. Despreciamos el “estar” en razón del “ser”.

¿Por qué le damos valor a la apropiación y al poder?, en vez de al placer de convivir con una persona. ¿Por qué da risa que un hombre termine siendo amigo de una mujer que le pareció atractiva?, ¿Quién dijo que invitar a salir a alguien tiene que ser forzosamente para buscar una relación amorosa?. Es un concepto bastante simple para lo hermosamente complejas que pueden ser las relaciones humanas.

Así que probablemente la próxima vez que alguien haga referencia al término “friendzone”, podrías cambiar la mirada y darle legitimidad de todas las relaciones.

Me encontré una pluma.

Hubo un ave, un vuelo, un desprendimiento.

Me encontré una pluma tirada en el suelo de esta ciudad.

Mientras esperaba el camión. Pensé.

Nada en esta parada de autobuses cambiaría si yo no estuviera.

Subo al camión y sé que el conductor no extrañaría los cuatro pesos de mi pasaje. Porque cuatro pesos no son nada, porque un pasajero más o uno menos no es nada.

Hoy no tomaré el metro. Caminaré desde Reforma hasta casa. 

Me detendré a ver los autos que en sentido progresivo rodean la Diana, el Ángel.

Nada en esta ciudad cambiaría a mi partida. 

La misma histeria colectiva, con mi ausencia y a pesar de ella.  

Tampoco vendrías esta noche, ni la que viene después de hoy.

Un paso seguido de otro, un continuo gotear. Camino cuidando donde pongo mis ojos, no quiero tropezar con algo que me pueda hacer llorar.

Porque soy frágil, porque soy sensible, porque cada vez me es más difícil romper el aire que hay entre lo que quiero que sea y lo que es.

Un ave se abrió camino, entre el cielo y los autos de esta ciudad. Un ave perdió una pluma.

¿Somos responsables de lo que somos?

El picaporte hace click y con ello la puerta que separa mi mundo del mundo de afuera se abre. Salgo de mi departamento hacia esa ciudad que hace varias horas escuché despertar en medio de mentadas de madre zorrajadas a claxonazos.

 

Debo recorrer los 200 metros que separan a mi casa del banco. Camino entre autos, peatones, ciclistas, claxons, ruido. Doblo la esquina y veo un tumulto de gente. Algunos graban con su celular, otros sólo echan ojo a lo que está pasando. Señoras con bolsas del mandado, el que vende los periódicos, un chavo con su patineta, otro con traje. Todos están viendo. Mientras más me acerco, más empiezo a entender la escena.

 

Dos señores de edad media estaban dándose en la madre. Los dos tenían sangre en la cara y uno de ellos ya no tenía ninguno de los dientes de enfrente, camisas rotas, cabello despeinado. Minúsculo espectáculo en el seguramente por varios minutos habían estado soltándose puñetazos uno al otro, mientras la gente se agazapaba para ver la faena.

 

Debo ser sincera, no lo pensé tanto. Fue una reacción innata. Con mi fuerte voz les dije que dejaran de pelearse. Que no tenía caso. Los dos me voltearon a ver por un instante y aproveché su momentánea atención para hacerles ver que no iban a llegar a ningún lado peleándose. Invoqué a su razonamiento y funcionó. Los dos pararon, y entre mentadas de madre y “eres un puto”,  cada uno se fue para su lado. La gente se me quedó viendo y todos comentaban cómo había comenzado la pelea. Yo seguí mi camino al banco.

 

Mientras esperaba mi turno, muchas cosas pasaron por mi cabeza. Recordé lo fácil que es el perder la cabeza y reaccionar violentamente, pelear, gritar. Pensé en la sociedad que me rodea, en la violencia que hay por todos lados y me sentí sumamente apenada de lo que acababa de ver.

 

Porque cuando yo llegué a la escena había mucha gente que no estaba haciendo nada. Gente que había preferido sacar sus teléfonos para grabar la situación que detener la violencia. Porque la gente está protestando en redes sociales acerca del asesinato de un periodista, de una activista, de una mujer. Pero en la vida real nadie está haciendo nada.

 

Podemos hacer marchas, protestar, decir que ni uno más pero no está funcionando porque diario hay uno más. El tejido social está dañado y hacer marchas o quejarnos en redes sociales definitivamente no lo está deteniendo. Me parece que aunque el gobierno es actor esencial de esta descomposición, hay mucho más que podemos hacer además de exigirles justicia.

 

La verdadera raíz de toda esta violencia que nos rodea, de todos estos feminicidios y homicidios, de estos niños que llevan pistolas a la escuela y le disparan a su maestra y a sus compañeros, está en nosotros mismos. Nosotros somos parte de esta sociedad en descomposición. A las mujeres las están matando sus propias parejas, a los periodistas los están matando por decir lo que algunos cuantos no quieren que sea dicho, a los activistas los están asesinando por buscar a sus hijos. El enfermo que debemos curar es al tejido social, del que todos somos parte.

 

Lo que pasa es que todos nos sentimos espectadores y no parte. Todos vivimos en peligroso romanticismo que cree que hacer algo es firmar una petición en change.org, y aunque ya sé que la mayoría de nosotros somos incapaces de detener a las personas que están accionando sus armas contra otras personas para arrebatarles la vida, estoy segura de que alguien antes de mi pudo haber detenido la pelea que llevaba varios minutos pasando, de forma pacífica, sin ponerse en riesgo. Nadie hace nada porque nadie quiere meterse en problemas, sin darse cuenta que eso es lo que genera el problema y que el problema nos afecta. Todos estamos expuestos, a todos nos pueden secuestrar a un familiar, matarnos por quitarnos un iphone o por informar lo que está pasando, violarnos porque bebimos de más… o tirarnos todos los dientes de enfrente por un mal entendido callejero. 

 

Regreso a casa después del banco y me siento a escribir, por si alguien allá afuera me escucha, por si no soy la única, por si hay alguien más allá afuera que sabe que la mejor versión del futuro sólo va a venir si todos nos esforzamos por construirla en este presente.