Flan

Dile a cada uno de mis pensamientos que no vas a regresar.

Avísales que todo lo que dijiste no sería.

Que tú y yo no seríamos.

Díselo a mi insomnio, a mis caídas sin fondo.

Diles que no importa que hayas dicho que estarías.

No estarás y dolerá.

Y tendré que sobrevivir.

Y vivir.

Y volver a reír.

Llamarte quisiera

Para decirte que el mundo se está acabando. Que los pulmones se están quemando

Pero no es necesario, las noticias ya te lo deben estar diciendo. Está por todos lados.

Llamarte quisiera para decirte que la tragedia se puede ver desde el espacio exterior, y que parece que no hay mucho que podamos hacer.

Pero llamarte quisiera para pensar que si hay mucho que podemos hacer, mucha conciencia que podemos tomar, muchas verdades que podemos concientizar.

Llamarte quisiera para decirte que tenemos que cambiar el rumbo drástico de las cosas.

Llamarte quisiera, para escuchar tu voz, y que en ella, pudiera escuchar una vía de dos, un lenguaje de conversar, un punto de encuentro.

Pero llamarte no hago, porque no siento que pueda encontrar lo que busco: Una conciencia elevada, un darse cuenta, un no ignorar, un saber que ya hay demasiado malestar en esta tierra como para que tú y yo sigamos ignorando lo que hay de benéfico en nosotros y sigamos cosechando lo destructivo de la chispa, lo peligroso de la violencia pasiva, lo nuclear de lo externo.

Llamarte quisiera mi amor, mientras veo las noticias, mientras busco formas de no ser parte de esto. Mientras en mi camino quiero que encontremos otro camino.

Decretos para el corazón.

Se ha dicho muchas veces (mucho tiempo) que el show tiene que seguir.

Es duro, es fuerte, hay que ponerle coraje. 

Pero es necesario volver a reír.

Habrá veces que necesites volver a llorar, y está bien.

Pero vas a tener que reponerte y seguir.

La depresión te dirá las peores cosas al oído, tendrás miedo, tendrás tristeza, tendrás el ánimo por lo suelos. 

Pero no te puedes detener. Tienes que seguir. 

Un paso que después son cien a la vez.

Pasarán muchos amaneceres, muchos atardeceres, muchas luciérnagas, muchas estrellas fugaces, y aún así, a veces seguirás sentándote a llorar.

Pero tendrás que seguir, tendrás que volver a tejer todo lo que se rompió en ti. Tendrás que volver a aprender a hacer desayuno con café y música de fondo, y reír.

Pero también habrá muchos otros momentos en los que todo será paz, en los que tus ojos se perderán en el mar y el mar te curará.

Porque exactamente ese el decreto:

curarás. 

M-I-E-D-O

Darle el control al miedo hace que no te puedas mover. Hace que te caigas cuando tal vez no te ibas a caer pero tenías miedo de caer. Te enclaustra. Te provoca sentimientos que no puedes nombrar, y esos son los sentimientos más peligrosos.

Te encarcela, te pone barreras que no existen. Te vuelve sediento en medio de un lago. El miedo te hace no decir, no hacer, no aventarte, no vivir. Pero también te puede hacer lo contrario. Te sustituye y actúa por tus deseos reales.

Al miedo hay que verlo a los ojos, aceptarlo, y no dejarlo. No hacerlo nuestro. Al miedo hay que usarlo, mantenerlo a raya, mantenernos atentos a no dejarlo entrar a casa. Al miedo nunca hay que bienvenirlo. Ni rechazarlo. Al miedo hay que aceptarlo y derribarlo antes de que él nos derribe.