M-I-E-D-O

Darle el control al miedo hace que no te puedas mover. Hace que te caigas cuando tal vez no te ibas a caer pero tenías miedo de caer. Te enclaustra. Te provoca sentimientos que no puedes nombrar, y esos son los sentimientos más peligrosos.

Te encarcela, te pone barreras que no existen. Te vuelve sediento en medio de un lago. El miedo te hace no decir, no hacer, no aventarte, no vivir. Pero también te puede hacer lo contrario. Te sustituye y actúa por tus deseos reales.

Al miedo hay que verlo a los ojos, aceptarlo, y no dejarlo. No hacerlo nuestro. Al miedo hay que usarlo, mantenerlo a raya, mantenernos atentos a no dejarlo entrar a casa. Al miedo nunca hay que bienvenirlo. Ni rechazarlo. Al miedo hay que aceptarlo y derribarlo antes de que él nos derribe.

Hay muchos #LordAudi allá afuera.

Me he vuelto intolerante al tráfico y vivo en una de las ciudades más congestionadas del mundo. Todo empezó hace unos años que vivía en los suburbios y todos los días gastaba más de dos horas de mi día en ir y venir del trabajo. Dos horas en el tráfico. Dos horas de morir lento.

Así que me mudé a la ciudad.

Después, empecé a ir y venir en bici. En un principio eran sólo trayectos cortos. Hasta que poco a poco me empezó a dar demasiada ansiedad estar sentada en un auto durante más de 20 minutos. No es lo mismo llegar a un lugar en bici que en auto. Incluso, cuando trabajaba en Polanco y salía a la hora pico, sentía mucha pena por los que estaban en sus autos atorados en el infierno que significa salir de Polanco en hora pico, mientras yo me deslizaba veloz en mi bici.

En un principio usaba ecobici hasta que un día no fue suficiente y me compré una bici. Tengo muchos anécdotas que contar de mis recorridos en bici por la ciudad. Estoy segura de que cada uno de nosotros, los que nos movemos en bici, estamos llenos de ellos.

Por eso, estoy preocupada. Sé y entiendo que hay muchos ciclistas que hacen cosas que exasperan a los automovilistas. Incluso aunque intento que no sea así, tal vez sin darme cuenta, alguna vez he sido participe de una acción de esas de las que tanto se quejan los conductores.

Pero también es cierto que hay automovilistas que nos odian sólo por el simple hecho de que vayamos en bici. Automovilistas que nos echan el auto, sólo por que si. Sólo porque les cagamos. Automovilistas que manejan altos estándares de intolerancia.

Mis días en bici por la ciudad están llenos de automovilistas que se te pegan demasiado para asustarte, sólo por que si, o que te pitan sin razón alguna, o que hacen cosas para asustarte. Hay automovilistas que pasan a toda velocidad mentándote la madre a claxonazos, aunque la calle esté vacía y haya espacio más que suficiente para que los dos circulen sin ni siquiera estar cerca uno de otro. ¿Qué carajos pasa por la cabeza de estas personas?. No lo sé en su totalidad, pero huele a odio.

Por eso estoy preocupada. Porque el video en el que hace dos días se hicieron públicas las acciones de #LordAudi, en el que agredió a un ciclista, no sólo ha generado reacciones favorables para los ciclistas. Leyendo los comentarios me di cuenta de que hay un porcentaje importante de personas que se quejaron de la existencia de ciclistas en la ciudad. Es decir, allá a fuera hay más de un #LordAudi que piden que agarremos la onda, güey, estamos en México. ¡Qué miedo!, ¡Qué preocupación!, ¿Qué tan acomplejado está un porcentaje importante de la población mexicana para tener un pensamiento así de mediocre?.

Me dan miedo esos que manejan Audis, mientras viven en casa rentada que se está cayendo a pedazos, pero llegar en un Audi los hace sentirse importantes, gente que vive con esa sensación de que todos son unos pendejos y ellos merezcen trato especial. Me dan miedo esas personas tan inseguras de si mismas que son incapaces de dejar pasar a alguien, porque en eso radica la importancia que se dan a si mismos, en demostrar que son más chingones que todos los demás y no se dan cuenta de que al contrario, entre más respetas a los demás, más chingón eres. Personas que son incapaces de sentir empatía, que todavía no se han dado cuenta de que todos somos parte de un todo, en el que nuestras acciones hacia los demás pueden ser la diferencia entre la armonía y el ambiente de violencia en el que vivimos.

Me da miedo que haya gente tan ciega que no ha podido darse cuenta de que cada bicicleta en la ciudad es un auto menos, es una contaminación menos, es un gasto menos en enfermedades causadas por obesidad, es un estrés menos. Gente que cree que la bicicleta es un deporte recreativo y no un medio de transporte que beneficia a todos. Me da miedo que haya tanta gente allá afuera que se haya comprado el rollo de que “todos somos especiales” de forma que manejan unos egos explosivos. No somos especiales, no merecemos pasar unos antes que otros sólo por el simple hecho de ser nosotros, ni aunque tengamos el dinero del mundo, ni aunque no lo tengamos, ninguno de nosotros es tan especial que no importa si se pasa las reglas. Ni por tener un millón de followers en las redes sociales, ni por tener un Audi, ni mil. Ni por ser hijo de quien sea. La vida no es un antro en el que el ganador es el que no tiene que esperar para que le abran la cadena. No.

Hay un orden de quién tiene la preferencia que es muy fácil de seguir: primero el peatón, después la bicicleta, al último el automóvil. Así que aunque tengas un Audi, no vas a tener la preferencia a menos de que vayas a pie o en bicicleta, y si, habrá muchos carriles en la ciudad que estarán reservados para los ciclistas, y tendrás que respetarlo: fue tu decisión estar atorado en tu auto en el tráfico, no mía. No hay razón para que nos odies.

Claro que tampoco los peatones o los ciclistas somos reyes que podemos hacer lo que se nos venga en gana. Repito, nadie es especial. Peatón: no tienes porqué esperar la combi a la mitad de la calle, párate en la banqueta. Ciclista: no hay razón para la cuál debas ir en la banqueta.

Ciclista: usa casco, no uses audífonos, hazte notar, usa los carriles diseñados para ti, intenta ser prudente en todo momento, dale la preferencia al peatón.

Mexicanos: agarremos la onda, dejemos en la época de la conquista español el resentimiento social y las inseguridades que nos hacen querer engrandecernos ante los demás en todo momento, eso ya pasó, no hay nada que tengamos que demostrarnos los unos a los otros. Ni el dinero, ni el poder, ni la fuerza, nos harán ser más chingones que otras personas. La buena educación, respeto, civilidad, empatía, tolerancia, quizás si. Eso quizás si nos haga ser un mejor México, uno que sea un ejemplo a seguir para la crisis mundial que está viviendo la humanidad.

 

 

 

 

 

HAMAS

Aquí no hay guerra, nunca he vivido en guerra. De niña me gustaba que mi papá me contara historias del pasado, de la abuela que no conocí, de los acontecimientos de los que no fui parte. Mi papá nació dos años antes de que terminara la Segunda Guerra Mundial, así que como todos los jóvenes que pertenecieron a la generación de los 60s, su infancia estuvo enmarcada por los conflictos bélicos que en su momento se fueron sucediendo. Por otro lado, a mi abuela le tocó la Revolución Mexicana, así que aunque mi papá no vivió mucho tiempo de la guerra, creció rodeado de ese sentimiento.

Un día me contó que en la Segunda Guerra Mundial, en México se hacían apagones para que de esa forma en la oscuridad fuera difícil ubicar la Ciudad y despistar a los enemigos que nos podrían querer bombardear. Sonaban ciertas sirenas y entonces todos sabían que empezaba el toque de queda y se tenían que apagar las luces. Afortunadamente, nadie quería bombardearnos y esos apagones fueron meros simulacros. De cualquier forma, el relato de mi papá me hizo imaginarme un poco, lo angustiante que debe ser vivir la vida con tanta precaución.

No se necesita saber demasiado de política, sociología, historia o conflictos armados, para saber que la guerra es algo que no debe sucederse. En la Guerra nadie tiene la razón y créanme que de ninguna forma apoyo el terror que produce, pero he pasado los últimos días leyendo comentarios en Facebook acerca del conflicto en la franja de Gaza, algunos muy duros en contra de Israel, otros llenos de ignorancia respecto a los Palestinos.

Veo como la gente es realmente drástica con su postura, aunque esté llena de ignorancia, gente que aboga por la paz, pero hace culpables a Israel de la guerra y victimiza a los Palestinos. En primer lugar, mantener una postura radical de apoyo a alguno de los dos mandos, nos hace de alguna forma parte del conflicto. En segundo lugar, hasta donde yo he leído, la guerra es contra los terroristas de Hamas, ¿por qué? Porque durante años, han aterrorizado Israel y  ellos simplemente se cansaron. Israel no ataca, se defiende y no se defiende de los civiles, se defiende de los terroristas, que se esconden entre los civiles porque saben que Israel no quiere matar civiles y de cualquier forma, muchos de esos civiles son ciegos y apoyan a los terroristas. En tercer lugar, ¿cómo pueden tener una postura tan llena de odio hacia uno de los dos bandos y a la vez predicar por la paz?.

Yo no sé, no tengo idea del terror que debe ser vivir con la probabilidad de que bombardeen el lugar en el que vives, no tengo idea de lo que sea crecer pensando que en cualquier momento puede explotar un carro bomba a un lado de ti, tampoco entiendo qué signifique ser capaz de llenar tu cuerpo de bombas y autoexplotarte en medio de una plaza llena de “enemigos”. Lo que si sé, es que cuando yo iba en la primaria, y había una niña que me molestaba todos los días, lo único que me quedó por hacer, fue ponerla en su lugar.

También sé que la cultura en la que he crecido es radicalmente distinta a la que tienen los árabes y que su cosmovisión y la mía pone millones de mundos entre ellos y yo. Sé que en mi mente es imposible concebir a un Dios que predique con una Guerra Santa. Por eso cuando supe que la niña que tanto me molestaba en la primaria era adoptada y tenía una historia familiar bastante compleja, aprendí que no sabemos lo que hay en los zapatos de las otras personas, y menos si vienen de historias tan alejadas de mi realidad como la de un niño adoptado, o un árabe palestino.

En conclusión, yo no quiero guerra y no tengo idea de lo que debe ser para Israel tener que soportar durante tantos años a ciertos palestinos que consideran legitimo al grupo terrorista Hamas, tampoco sé porque hay gente que justifica la Guerra Santa, y tampoco sé lo que significa que durante años estén bombardeando tu territorio. Lo que si sé, es que al mundo le hace falta un tanto de tolerancia, y un tanto menos de radicalismo. Las razones que mueven a Israel y a Palestina (Hamas), no son razones que estén a nuestro alcance para ser entendidas, porque no vivimos allá y no somos parte de la situación, pero si sabemos que pelearnos entre nosotros por Facebook es ser parte del problema y no de la solución. El mundo está lleno de odio y en definitiva sobran razones como para que nosotros contribuyamos, aunque sea con comentarios de Facebook.

Pasado

Vi el reloj, eran las 2:30pm, tenía que regresar al trabajo pronto, pero antes tenía que hablar contigo. Caminaba por la Colonia García, donde hacia poco te habías mudado. Ahora vivíamos más cerca, pero yo te sentía cada vez más lejos. Me prometí que sería la última vez que iría a tu casa de esa forma, me prometí que controlaría lo que sentía por ti.

La Colonia García, es vieja, ruidosa, sucia. La gente dice que es la nueva colonia de moda, que todos los artistas se estaban mudando por ahí. Las colonias Arenal y Potreros ya eran muy caras para los artistas, decían. No sé, a mi me gustaba vivir en la Potreros, me gustaba caminar por sus calles y pensar en mi mamá, que en su juventud vivió ahí. También pensaba en mi abuela, la imaginaba en el mercado, en la sastrería, en la vida.

Vi la hora, eran las 2:35, debía apurarme, tenía tanto que decirte. ¿Qué diría? Pensaba en todas la posibilidades que tenía para ir acomodando mis palabras, quería ser precisa. Quería ser clara, que me entendieras, que supieras lo que sentía por ti. Imaginaba mis sentimientos como semillas que se clavaban en tu corazón, y de ellas germinaban jacarandas, flamboyanes, bosques de luciérnagas.

Caminaba entre mecánicos y choferes. De día esa parte de la Colonia García era un corredor de venta de autopartes, talleres, mecánicos, vulcanizadoras, etc. Pero por las noches no era lo mismo. Pocos meses antes habían inaugurado este lugar con nombre ridículo al que todos los modernos iban. Yo no iba a esos lugares, ni me dejaban pasar, ni me interesaba que lo hicieran. Sólo iba contigo, pensaba que estar contigo siempre era divertido, aunque fuera en un lugar lleno de morras en drogas y hombres a los que ni en drogas les podría hacer la conversación. Pero por ti me esforzaba, me ponía tacones, me paraba derechita, y actuaba como si todo estuviera bajo control. Nada en mi vida estaba bajo control desde que tú habías llegado.

Por fin estaba frente a tu edificio. Sucio, viejo, con moscas. El señor de los mariscos me vio, bajó la mirada. Ese señor vende mariscos en esa esquina, en ese puesto, desde 1985. Nos contó la historia a los dos cuando me llevaste, estabas emocionado por enseñarme algo nuevo, el secreto estaba en las salsas. Nos dimos un agasajo, porque así éramos, nos gustaba agasajarnos juntos, y eso nos mantenía unidos. En el temblor del 85, el señor de los mariscos iba caminando por la mañana rumbo a su puesto, vio los edificios caerse. También a mi me vio caerme, cada que iba a buscarte, a rogarte que no te fueras, que no te enojaras, a arrepentirme de todo lo malo que sentía que había hecho. Me molestaba la mirada del señor de los mariscos sobre mi, sentía que él sabía algo que yo no, sentía que cubría su mirada hacia mi con lastima. No importa, estaba ahí y sentía que tenía que hablar contigo, decirte todo.

Miré mis zapatos negros de charol y toqué el timbre. Esperé, volví a tocar. Esperé, te llamé por teléfono. Te asomaste por la ventana del tu sexto piso de azotea. Tu barba estaba despeinada, tu cabello también. Me gritaste ¿qué quieres?, y te contesté que hablar contigo. Volviste a gritar, ¿qué tienes que decirme?, y me quedé callada. No tenía nada que decirte, ya lo había dicho todo, ya lo había gritado todo, ya lo había demostrado todo. Otra vez, se me salieron las lagrimas. Te molestaba que estuviera ahí y entre gritos me aventaste las llaves.

Abrí la puerta, y me dispuse a subir piso por piso, hasta tu departamento. Ese edificio es viejo, de pisos marmoleados negros. Afuera, además de grafitis que se escurren, hay una placa que dice el nombre del ingeniero que lo construyó, por ahí del año de 1930. Ese edificio ha visto mucho, tiene su propio olor. Las escaleras siempre están sucias, los ventanales rotos. Me imaginaba cuantas personas habían pasado por esos departamentos, ¿alguien habría muerto?, ¿Quiénes se habrían enamorado y desenamorado en ese lugar?, ¿Qué niños habían crecido entre esas paredes?, ¿Cómo habría sido el pasado? Cuando todo era reciente, brillante, cuando había novedad en su estructura, cuando olía a nuevo. ¿Cómo olía lo nuevo antes?, ¿Cómo se sentía?. ¿Cómo era el pasado? ¿Cómo era no tener miedo de ir a tu casa?, ¿Cómo era ir a tu casa y ser recibida con una sonrisa?. No recuerdo.

 

 

 

Bernie Sanders

Ayer leía que Bernie Sanders (senador estadounidense), decía que ninguna institución financiera del mundo debería ser tan grande que su bancarrota pudiera causar un riesgo catastrófico para millones de trabajos en Norteamérica, o a la economía de su país. Pensé que tiene razón. Me pregunto si los directivos de las grandes instituciones financieras (los que toman las decisiones) mientras están en su escritorio firmando documentos, haciendo llamadas, revisando las noticias, en algún momento piensan en nosotros. ¿En algún momento pensarán que sus decisiones cambian el rumbo de muchas vidas? ¿Ellos pensarán en nosotros?.

Pensarán en que muchos de nosotros invertimos las mejores horas de nuestras vidas en hacerlos grandes, en hacerlos invencibles, en hacerlos millonarios y en hacerlos tan monstruosos que un pequeño error que cometan nos puede aniquilar, y que aunque eso esté en posibilidades de sucederse todo el tiempo, no es ni siquiera lo más importante que está pasando al respecto. Me pregunto.

Se metieron a coger a un sanirent.

¿Qué es Bahidorá?, es un festival de ¿música?, un ¿rave?, una ¿experiencia religiosa?, ¿una celebración a la vida? No, no y no.  Bahidorá es un evento que tiene como escenario un rio increíble y en el que la música sólo es un pretexto. La realidad es que lo menos importante en Bahidorá es la música. En la página de internet del evento dice que es una celebración alegre y folclórica. Alegre probablemente, yo no vi a nadie llorando, ¿folclórica? Pues si ustedes consideran el folclor como chingos de banda con penachos, cara pintada, vestimentas raras… pues sí. Pero si ustedes saben el verdadero significado de la palabra folclor, pues no, definitivamente no lo es.

Entonces, ¿de qué se trata en Bahidorá?, a mí me pareció que lo más importante son las drogas, el alcohol y lo hasta el culo que se puede poner la muchachada.  Pero y ¿luego?, pues luego viene todo lo demás, las flores, la gente bailando, las luces, la farsa, el desmadre.

Lo peor definitivamente es la cantidad de basura que los Bahidoranos dejaron en el lugar, lo cual en el fondo es la metáfora mejor planteada que he escuchado en varios días.

Lo cagado fue el anécdota de una parejita de bahidoranos calenturientos que decidieron meterse a un sanirent a coger, ¿en serio? Cuando creía que ya nada me sorprendería, ustedes decidieron meterse a un sanirent a coger. Gracias.

Lo rescatable sin duda, es que por ahí escuché que el pueblo de Tlaltizapan vive en su mayoría del turismo que Las Estacas les deja, por lo que en caso de ser así, le doy un punto muy grande al evento. Lograron mover capitales de Interlomas a un pueblo que en definitiva lo necesita.

Conclusión: Bahidorá es uno más de los espejos de nuestros tiempos, en él puedes ver lo que está pasándonos como sociedad, en él puedes ver lo que es, lo que somos, la mierda con sus mil colores, con su sonrisa, con sus penachos y sus drogas. ¿Regresaré? No ¿lo recomiendo? Si, ¿por qué? Porque no hay nada como ver con tus propios ojos la basura de nuestros días.

Pd. Un reconocimiento especial al chofer que estaba esperando a su “patrona de Interlomas” (en sus propias palabras), y que cuando me vio realmente desesperada a las 11:30 de la noche, tratando de encontrar un taxi para regresar a dormir, se rifó y me llevó. Ojalá su patrona nunca se entere.

En busca de mexicanos inteligentes.

Gracias a la revista TIME, hoy por la mañana me enteré de que el señor Peña Nieto está salvando México. No sé porque, pero no me sentí salvada. Quisiera pensar que una sola persona nos puede salvar, incluso quisiera saber que una persona como Peña Nieto nos podría salvar, pero por más ingenua y optimista que quiera ser, eso no puede ser.

Últimamente he agarrado la buena o mala costumbre de poner atención a lo que dice la gente en la calle, o en los restaurantes, o en cualquier parte. Gente que teje platicas, mexicanos que se mueven por ahí y que no tengo el placer de conocer. Ha sido interesante todo lo que he afirmado.

El domingo fui a Zona Maco, lo bueno fue no haber tenido que pagar los $200 pesos que costaba el boleto y lo malo fueron las conversaciones que ahí escuché. La plática estelar se la llevó una pareja de intelectuales que platicaban de como lo que estaban viendo no era arte (y probablemente no lo era), porque definitivamente no era algo que pudieran comprar y poner en la sala de su casa (¿?). Discúlpame Zona Maco, por existir y por no saber que arte sólo es eso que puedo comprar y poner en la sala de mi casa. Discúlpame México, por yo tampoco creer que lo que ahí vi era arte, pero tener mejores argumentos. Discúlpenme por querer que la gente piense.

Al siguiente día, caminando por la ciudad y esperando a que se pusiera en siga el semáforo de peatones, escuché la conversación de dos señoras que ya pasaban los sesentas. Una le decía a otra lo siguiente: ¡cómo quiero a la gaviota, no la conozco, pero veo su carita y ay, qué bonita! No lo podía creer, seguí escuchando la conversación hasta que me aseguré al cien por ciento de que estaban hablando de la esposa de Peña Nieto.

¿Entonces, a qué viene todo esto? Pues a que México no puede ser salvado por Peña Nieto, o por ningún otro imbécil. México tiene que ser salvado por nosotros, por cada uno de los que nos decimos mexicanos y hemos decidido quedarnos en nuestro país para crecer, o para vivir o para lo que sea. Pero mientras no dejemos de tener pensamientos tan bastardos como que si no podemos comprarlo y ponerlo en la sala de nuestra casa no es arte, o que queremos a los políticos de nuestro país porque ¡ay! qué bonitos son, nos vamos a seguir yendo al carajo, todos los días, por todos lados. En resumen, mientras ser inteligente no se vuelva algo generalizado entre todos los mexicanos, esto va a seguir igual.